Sobre Andorra y el anhelo

Hay viajes a los que cuesta volver. Escapadas que si recuerdas con los ojos cerrados y los del corazón abiertos, corres el riesgo de que te remuevan por dentro. Sacudidas capaces de cambiar el curso de tu propia historia. Hay viajes que nos llenan de valor, que dan sentido a nuestra vida, que nos dan un propósito o nos sugieren una dirección. Lugares en los que sientes que el tiempo ha dejado de funcionar por un momento, que la Tierra ya no gira pero tú sí lo haces. Allí mismo, con el curso del agua de montaña bajo tus pies y el silencio del bosque entrando en tu alma como un torbellino de anhelo. Algo que hace que te preguntes una y otra vez por qué has tardado tanto en estar en ese preciso instante.

Todo esto ha sido nuestro viaje a Andorra. Un puente que nos ha (re)conectado con la naturaleza y ha producido seísmos en nuestra forma de ver la vida. Por eso hasta ahora no he tenido el valor de escribir sobre ello. Porque si lo hago siento la nostalgia y el impulso casi indomable de volver. 

Aunque sea a través de los recuerdos.

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